Elegir sin romper


Casi siempre hay un ajuste disponible, y casi nunca se hace.
No por falta de lucidez. La mayoría de la gente que está mal en una situación sabe con bastante exactitud qué habría que cambiar, y suele ser algo mucho más pequeño de lo que da a entender cuando lo cuenta. Una jornada, un cliente, un comité, una franja del día, una disponibilidad que nadie le exigió por escrito.
Lo sabe, y no lo hace. Y a menudo termina haciendo algo mucho más grande.
La explicación habitual es que se aguanta hasta reventar. Es cierta a medias. La otra mitad es más incómoda: romper suele ser más fácil que ajustar.
Un cambio radical se ejecuta una vez. Duele mucho durante un periodo acotado y después el mundo se reorganiza solo alrededor del hecho consumado. Nadie discute con quien ya se ha ido.
La irreversibilidad tiene una propiedad poco reconocida: ahorra todas las conversaciones siguientes.
Un ajuste no se ejecuta una vez. Se ejecuta cada semana, indefinidamente, contra la resistencia suave de todo el mundo alrededor. Quien reduce su disponibilidad no lo hace el día que lo comunica: lo hace las cuarenta veces siguientes en que alguien prueba si iba en serio.
No hay ninguna épica en esas cuarenta veces. Hay una repetición monótona, sin testigos, y la sospecha de fondo de estar poniéndose difícil por una tontería.
A eso se añade que el cambio grande viene con una historia incorporada.
Dejé la empresa. Me fui del país. Cerré aquella etapa. Esa frase hace un trabajo enorme: explica la decisión a los demás, se la explica a uno mismo los días malos y sostiene la conducta cuando la convicción flaquea.
El ajuste no tiene esa frase. He decidido no responder correos después de las siete no es una historia, es una norma. Y las normas no dan apoyo emocional: se cumplen o no se cumplen.
Lo pequeño hay que sostenerlo a pulso. Lo grande viene con combustible incluido.
Pero nada de esto es la razón principal. La razón principal es otra y casi nadie la formula.
Un cambio pequeño obliga a admitir que era posible.
Mientras la situación se describe como insostenible, todo lo que uno no hizo queda justificado. No había margen, no dependía de mí, era el sistema, era el sector, era la etapa. Es una descripción que cuesta —se paga con malestar diario— pero que a cambio libera de responsabilidad, y ese intercambio funciona durante años.
En el momento en que un ajuste de tamaño modesto resuelve una parte apreciable del problema, esa descripción se cae. Y con ella se cae la explicación de por qué llevabas seis años sin hacerlo.
Romper protege ese relato. Confirma que la situación no tenía arreglo, porque hizo falta destruirla entera.
Ajustar lo desmiente.
Por eso la resistencia al cambio pequeño rara vez se expresa como resistencia. Se expresa como escepticismo, y suena razonable: eso no va a cambiar nada, aquí las cosas no funcionan así, ya lo intenté una vez.
Ese escepticismo no es un error de cálculo. Está protegiendo algo.
Lo que protege es la única versión de los hechos en la que nadie tiene que responder por el tiempo transcurrido.
Conviene decir que romper es a veces exactamente lo que hay que hacer. Hay situaciones que no admiten ajuste, y quien insiste en afinar lo que debería abandonar está perdiendo el tiempo con elegancia.
Pero el cambio radical es un instrumento sin precisión. Se lleva por delante el problema y todo lo que estaba alrededor, incluida la parte que funcionaba y que costó años construir. Ese precio existe, casi nunca se contabiliza y llega meses después, cuando ya se ha atribuido a otra cosa.
El ajuste tiene una relación mucho mejor entre lo que resuelve y lo que destruye. Es más lento, más aburrido y no se cuenta bien.
Se limita a funcionar, que es otra manera de decir que no impresiona a nadie.
La pregunta que ordena esto es una sola, y se responde mal casi siempre.
¿Qué es lo mínimo que tendría que cambiar para que esto fuera sostenible?
Unos contestan con algo tan pequeño que no altera nada, y obtienen la tranquilidad de haberlo intentado sin haberlo intentado. Otros contestan con todo, porque piensan en lo mínimo desde la fatiga, y desde ahí lo mínimo siempre parece insuficiente.
Bien respondida, la pregunta devuelve algo bastante concreto. Suele ser menos de lo que temías.
Y suele llevar bastante tiempo estando disponible.
Mikel Zappala
Coach Ejecutivo y Transpersonal
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