La diferencia entre cumplir y habitar

Este texto explora la diferencia —a menudo ignorada— entre cumplir con lo que se espera y habitar realmente la propia vida. No desde el cambio, la ruptura o la crisis, sino desde la experiencia más silenciosa de seguir funcionando cuando la implicación interna empieza a faltar. Un artículo sobre presencia, criterio y la distancia que se abre cuando la vida sigue sin uno dentro.

Mikel Zappala

2/23/20262 min leer

Cumplir no es un error.
Durante mucho tiempo —a veces durante toda una vida— cumplir es lo que permite que las cosas se sostengan.

Cumplir con el trabajo.
Con las responsabilidades.
Con lo que se espera de uno.

Cumplir ordena.
Da estructura.
Permite avanzar sin tener que preguntarse constantemente si todo tiene sentido.
En determinadas etapas, cumplir incluso protege: evita decisiones prematuras, sostiene procesos largos, permite atravesar momentos difíciles sin romper.

El problema no es cumplir.
El problema aparece cuando cumplir deja de ser suficiente y, aun así, se sigue viviendo como si lo fuera.

No suele aparecer como una crisis.
No hay un hecho concreto que lo explique.
Desde fuera, todo parece estar en orden.

Desde dentro, algo se aplana.

Se sigue haciendo lo que hay que hacer.
Se sigue respondiendo.
Se sigue funcionando.

Pero la implicación ya no está.
Hay presencia operativa, no presencia real.
Lo que antes sostenía ahora pesa, no por exceso, sino por falta de dirección interior.

Es una incomodidad difícil de explicar porque no encaja en ningún relato habitual.
No es fracaso.
No es rebeldía.
Y, por eso mismo, muchas personas aprenden a ignorarla.

Habitar no empieza por cambiar lo que se hace.
Empieza por el lugar desde el que se está en lo que ya se hace.

No siempre implica movimiento externo.
A veces no cambia la forma.
Cambia la relación.
La manera de estar.
El consentimiento interior.

Habitar es dejar de estar solo cumpliendo una función para empezar a reconocerse implicado —o no— en ella.
Es una presencia menos automática y más consciente.
También más expuesta.

Por eso no siempre es cómodo.
Pero sí es más honesto.

Cumplir suele confundirse con responsabilidad.
Habitar, con egoísmo.

Como si atender a lo que uno vive por dentro fuera incompatible con sostener compromisos.
Como si preguntarse por el sentido fuera una forma de huida.

No lo es.

A largo plazo, la verdadera irresponsabilidad suele ser seguir ocupando lugares que ya no se habitan, solo porque funcionan o porque desde fuera todo parece correcto.

Habitar no garantiza decisiones fáciles.
Pero evita una forma silenciosa de ausencia.

Poner palabras a esta diferencia no resuelve nada por sí solo.
No decide.
No actúa.

Pero evita la confusión.

Nombrar permite distinguir.
Y distinguir es el primer gesto de habitar.

No para precipitar conclusiones,
sino para dejar de vivir desde un lugar que ya no se reconoce como propio.

A veces eso es suficiente.
Otras veces, es solo el comienzo.

No hay prisa.
Pero tampoco conviene seguir llamando normal a lo que ya no se siente vivo.