La renuncia que no se ve


Las renuncias importantes tienen la cortesía de anunciarse.
Uno deja un puesto, cierra una etapa, termina una relación, se va de una ciudad. Duele, cuesta, se piensa mucho antes y se recuerda después. Pero se ve. Tiene fecha. Hay algo que contar cuando alguien pregunta qué pasó.
Hay otra clase de renuncia que no funciona así. No tiene fecha, no se comunica a nadie y no entra en el relato que uno hace de sí mismo. Cuando se descubre —si se descubre— lleva años completada.
Es la renuncia al criterio propio.
No ocurre de golpe. Tampoco ocurre en un momento memorable donde uno traiciona lo que piensa: eso sería fácil de detectar y bastante fácil de corregir.
Ocurre en unidades muy pequeñas.
Una reunión donde tenías una opinión formada y decidiste que no era el momento. Una decisión mal encaminada que no señalaste porque el asunto no era tuyo. Un criterio técnico que dejaste caer cuando la sala fue en otra dirección. Una objeción preparada con cuidado que acabó resumida en una frase amable, para no bloquear.
Cada uno de esos movimientos es defendible. Más aún: casi todos son inteligentes. Quien dice todo lo que piensa en todo momento no llega lejos, y con razón. Elegir cuándo intervenir es una competencia real.
El problema no está en ninguno de esos episodios. Está en el agregado, que nadie mira, porque nada en la vida profesional te obliga a mirarlo.
Las organizaciones tienen un vocabulario extraordinariamente elaborado para esto.
Elegir tus batallas. Ser constructivo. Leer el momento. No morir en esa colina. Aportar en positivo. Tener visión de conjunto. Entender la política de la casa.
Todas describen habilidades genuinas y todas se enseñan como madurez profesional. Ninguna incluye un límite. No hay formación que explique cuántas batallas se pueden dejar de elegir antes de quedarse sin batallas, ni indicador que avise de que la habilidad, ejercida el tiempo suficiente y sin contador, ha dejado de ser una elección táctica para convertirse en el estado por defecto.
Desde fuera todo se ve bien. Alguien que no genera fricción, que suma, que entiende la casa.
La organización no tiene ningún incentivo para señalar el proceso. Está recibiendo exactamente lo que premia.
Lo que se pierde no es la voz. Esa es la lectura fácil y es falsa.
Lo que se pierde es la capacidad de fabricar juicio.
Formar un criterio cuesta trabajo. Hay que sostener una posición mientras se examina, aguantar la incomodidad de no saber todavía, discutir consigo mismo, cambiarla si aparece un argumento mejor. Es producción real.
Ningún sistema bien administrado sigue fabricando un producto que nadie recoge. Y tu cabeza está muy bien administrada.
Así que la secuencia no es callar lo que piensas. Es callar lo que piensas, después pensarlo con menos detalle, después conservar solo una impresión difusa, y finalmente llegar a las reuniones sin opinión previa y descubrir que se está bastante cómodo así.
No hubo cobardía en ningún punto. Hubo eficiencia.
Nada de esto se nota mientras las decisiones sean pequeñas o vengan dadas. Se puede funcionar años en este estado, y funcionar bien: la experiencia sigue ahí, el oficio sigue ahí, los resultados siguen ahí.
Se nota cuando llega una decisión que nadie va a tomar por ti.
Aceptar o rechazar algo importante. Sostener una posición sin respaldo. Decidir qué hacer con los años que quedan. Uno acude entonces al criterio propio, que es exactamente el instrumento que hace falta, y lo encuentra en peor estado del que recordaba.
No es no saber qué quieres. Es más incómodo: no encontrar el procedimiento con el que eso se averigua.
Aquí no hay reparación rápida, y desconfiaría de quien la ofrezca. Un instrumento desatendido durante años no vuelve a funcionar porque su dueño haya comprendido que estaba desatendido.
Lo que sí se puede hacer es volver a producir juicio donde no haya nada en juego. Que es donde se puede.
Formar una posición sobre algo pequeño y sostenerla el tiempo suficiente para examinarla. Decir en voz alta una cosa que piensas y que no tiene ninguna consecuencia. Discrepar de algo que no importa, solo para comprobar si todavía sabes hacerlo.
Suena menor. Lo es. La facultad se recupera por la misma vía por la que se perdió —repetición sin importancia aparente—, en dirección contraria.
Hay algo que distingue esta renuncia de las demás, y es lo que la vuelve invisible.
En las renuncias visibles uno sabe qué entregó y puede calcular si valió la pena. Esta no tiene contabilidad. Nadie sabe qué habría pensado de haber seguido pensándolo, ni qué decisiones habría tomado con el instrumento en condiciones.
De modo que la pregunta útil no es qué renunciaste a decir.
Es cuánto hace que no averiguas lo que piensas sobre algo que importa.
Mikel Zappala
Coach Ejecutivo y Transpersonal
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