No estás desmotivado. Tal vez estás empezando a ver.
Mikel Zappala


A veces llamamos desmotivación a algo que, en realidad, es una pérdida de ingenuidad.
Durante un tiempo sigues funcionando como antes.
Te levantas.
Respondes.
Organizas.
Cumples.
Participas.
Haces lo que se espera.
Pero algo ha cambiado.
No necesariamente fuera. Dentro.
Lo que antes te movía empieza a parecer insuficiente.
Lo que antes te entusiasmaba ya no produce el mismo efecto.
Lo que antes justificabas con facilidad empieza a pedir una explicación más honesta.
Y entonces aparece una palabra cómoda: desmotivación.
Suena razonable.
Suena manejable.
Suena casi técnico.
Como si bastara con recuperar energía, redefinir objetivos, cambiar rutinas, buscar nuevos incentivos o volver a conectar con algún propósito formulado con cierta elegancia.
Pero no siempre se trata de eso.
A veces no has perdido motivación.
Has perdido obediencia.
Has empezado a ver con más claridad el precio de ciertas dinámicas.
Has dejado de creerte algunos relatos.
Has notado que algunas promesas no eran tan profundas como parecían.
Has reconocido que mucho de lo que sostenías no nacía de deseo, sino de adaptación.
Y cuando eso ocurre, el sistema suele leerlo mal.
Lo llama apatía.
Lo llama falta de compromiso.
Lo llama resistencia al cambio.
Lo llama etapa baja.
Lo llama problema de actitud.
Pero quizás no estás menos comprometido.
Quizás estás menos disponible para seguir participando sin conciencia.
Hay una diferencia importante.
La desmotivación simple suele aparecer cuando falta energía, estímulo o dirección.
La lucidez, en cambio, puede parecer desmotivación desde fuera porque reduce la capacidad de actuar en automático.
Ya no puedes entusiasmarte con cualquier discurso.
Ya no puedes aplaudir cualquier decisión.
Ya no puedes llamar reto a lo que en realidad es desorden.
Ya no puedes llamar oportunidad a lo que se parece demasiado a explotación.
Ya no puedes llamar cultura a una suma de hábitos que desgastan a las personas.
Y eso incomoda.
A los demás, porque dejas de encajar tan fácilmente.
Y a ti, porque todavía no sabes qué hacer con lo que ves.
Ver no siempre libera de inmediato.
A veces primero desorienta.
Porque mientras no veías, podías seguir.
Podías hacer.
Podías adaptarte.
Podías creer que, si te esforzabas lo suficiente, todo acabaría teniendo sentido.
Pero cuando empiezas a ver, algo se rompe.
No necesariamente el vínculo con tu trabajo.
A veces se rompe el vínculo con la narrativa que lo sostenía.
Esa narrativa que decía que aguantar era madurar.
Que estar siempre disponible era comprometerse.
Que crecer profesionalmente justificaba casi cualquier desgaste.
Que si algo te incomodaba demasiado, quizá el problema eras tú.
La lucidez no siempre llega como una revelación luminosa.
A veces llega como cansancio.
Como irritabilidad.
Como silencio.
Como distancia.
Como una incapacidad creciente de seguir fingiendo entusiasmo.
Y ahí conviene ser muy cuidadoso.
Porque puedes interpretar esa etapa como un fallo personal.
Puedes pensar que algo en ti se apagó.
Que ya no tienes ambición.
Que te falta carácter.
Que deberías reinventarte de golpe.
Que necesitas ser más positivo, más resiliente, más agradecido.
Pero quizá lo que se apagó no fue tu energía.
Quizá se apagó tu capacidad de autoengaño.
Y eso, aunque duela, no es necesariamente una pérdida.
Puede ser un umbral.
Un momento en el que la vida te pide revisar desde dónde estabas funcionando.
No qué haces solamente.
Desde dónde lo haces.
Desde el miedo.
Desde la costumbre.
Desde la necesidad de aprobación.
Desde la identidad construida.
Desde la lealtad a una versión antigua de ti.
Desde la incapacidad de imaginar otra forma de estar.
Cuando alguien empieza a ver, suele atravesar una fase incómoda.
Ya no puede volver del todo al lugar anterior, pero todavía no sabe cuál es el siguiente.
No está fuera.
Pero ya no está dentro de la misma manera.
Sigue asistiendo a reuniones.
Sigue respondiendo correos.
Sigue ocupando un rol.
Sigue siendo competente.
Pero una parte interna ya no compra el relato completo.
Ese punto intermedio puede parecer peligroso.
Y lo es, si se vive sin conciencia.
Porque la lucidez no integrada puede convertirse en cinismo.
Puede volverse superioridad.
Puede hacerte mirar a los demás con desprecio.
Puede llevarte a una forma amarga de distancia.
Ver no te hace mejor que nadie.
Solo te hace más responsable de lo que haces con lo que ves.
Esa es la parte difícil.
Porque una cosa es detectar la incoherencia.
Y otra muy distinta es no convertirse en alguien endurecido por ella.
La lucidez madura no se limita a señalar el sistema.
También pregunta:
¿Qué parte de mí participó de esto?
¿Qué obtuve a cambio de adaptarme?
¿Qué miedo me mantuvo ahí?
¿Qué identidad se beneficiaba de seguir funcionando como hasta ahora?
¿Qué necesito aprender para no repetir la misma lógica en otro lugar?
Sin esas preguntas, la claridad se convierte en acusación.
Con ellas, puede convertirse en transformación.
Por eso, si te sientes desmotivado, quizá conviene no apresurarse a resolverlo.
Antes de intentar recuperar la motivación, podrías preguntarte qué se ha vuelto visible.
Qué ya no puedes justificar como antes.
Qué te pesa aunque sigas haciéndolo bien.
Qué discurso dejó de convencerte.
Qué parte de tu trabajo todavía tiene sentido.
Qué parte solo conserva inercia.
Qué parte de ti está pidiendo una relación más honesta con el poder, el éxito, el dinero, la pertenencia o el reconocimiento.
No se trata de dramatizar.
No se trata de convertir cada incomodidad en una crisis.
No se trata de abandonar todo porque algo ya no entusiasma.
Se trata de distinguir.
Hay momentos en los que falta descanso.
Hay momentos en los que falta novedad.
Hay momentos en los que falta reconocimiento.
Y hay momentos en los que falta verdad.
Confundirlos puede llevarte a soluciones equivocadas.
Puedes tomarte vacaciones cuando en realidad necesitas una conversación.
Puedes cambiar de empresa cuando en realidad necesitas cambiar tu forma de habitar el rol.
Puedes buscar un nuevo reto cuando en realidad necesitas dejar de perseguir validación.
Puedes pedir más motivación cuando lo que tu vida te está pidiendo es dirección.
La motivación es útil.
Pero no debería convertirse en una anestesia.
Hay personas que buscan volver a motivarse solo para no escuchar lo que su desmotivación estaba intentando decir.
Y quizá esa desmotivación no era un enemigo.
Quizá era una señal.
Una forma torpe, incómoda y necesaria de decir: esto ya no me representa igual.
No significa que todo haya terminado.
Significa que algo pide revisión.
Y revisar no siempre implica romper.
A veces implica limpiar.
Reordenar.
Renegociar.
Poner límites.
Recuperar intención.
Dejar de actuar un personaje.
Volver a elegir lo que antes solo sostenías por inercia.
También puede implicar irse.
Pero incluso irse requiere una lucidez distinta cuando no nace de la reacción, sino de una comprensión más profunda.
Por eso no conviene despreciar ese momento en el que la motivación baja.
Puede ser una pérdida de energía.
O puede ser el primer síntoma de una conciencia que ya no acepta cualquier cosa a cambio de estabilidad.
Hay una forma de madurez que no se parece al entusiasmo.
Se parece más al silencio.
A una pausa interna.
A una retirada de energía.
A una negativa del alma a seguir firmando contratos invisibles.
Desde fuera puede parecer apatía.
Desde dentro puede ser el comienzo de una verdad.
Quizá no estás desmotivado.
Quizá estás dejando de obedecer sin darte cuenta.
Quizá estás empezando a ver.
Y ver, cuando uno ha vivido mucho tiempo adaptado, no siempre se siente como claridad.
Al principio puede sentirse como pérdida.
Pero algunas pérdidas no empobrecen.
Despiertan.
Mikel Zappala
Coach Ejecutivo y Transpersonal
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