No todo lo que funciona es propio

Una reflexión sobre esas vidas que funcionan sin ruido ni crisis visibles, pero que empiezan a sentirse ajenas. No sobre el fracaso, sino sobre la distancia silenciosa que aparece cuando la eficacia sustituye al criterio y lo que se sostiene deja de sentirse propio.

Mikel Zappala

2/5/20261 min leer

Hay vidas que funcionan.
Rutinas que encajan.
Trayectorias que, vistas desde fuera, no ofrecen fisuras evidentes.

El problema no es el mal funcionamiento.
El problema aparece cuando aquello que funciona deja de sentirse propio.

Muchas personas no viven una crisis.
Viven una desalineación silenciosa.

Hacen lo que saben hacer.
Sostienen lo que aprendieron a sostener.
Responden a expectativas que, en algún momento, fueron razonables.

Y sin embargo, algo se va separando por dentro.

No porque haya un error, sino porque lo que se sostiene ya no nace de una elección viva, sino de una identidad heredada. De una forma de estar en el mundo que funcionó, pero que no se ha vuelto a revisar.

Funcionar no es el problema.
El problema es confundir funcionamiento con pertenencia.

Cuando eso ocurre, la vida puede seguir siendo eficaz, incluso exitosa, pero empieza a perder espesor.
Las decisiones se toman sin contacto.
El criterio se sustituye por hábito.
Y la coherencia se posterga indefinidamente.

No se trata de romper con todo.
Ni de buscar autenticidades grandilocuentes.

Se trata de una pregunta mucho más incómoda y más simple:
¿Esto que sostengo hoy sigue siendo mío?

Esa pregunta no exige respuestas inmediatas.
Exige espacio, honestidad y tiempo.

Y, a veces, aceptar que algo puede seguir funcionando sin que por eso deba seguir siendo habitado.