Propósitos de año nuevo: cuando el deseo se adelanta a la comprensión del momento
Los propósitos de año nuevo suelen formularse rápido, pero rara vez se piensan despacio. Este texto explora qué dicen —y qué ocultan— esas intenciones cuando se las mira con más calma. ¿Y si el verdadero trabajo empezara antes del propósito?
Mikel Zappala
1/2/20264 min leer


Hay un momento, casi ritual, en el que el calendario cambia y algo en nosotros se siente convocado a decidir. No siempre es entusiasmo. A veces es una incomodidad vaga: la sensación de que algo debería ser distinto, aunque no sepamos bien qué ni por qué ahora.
Los propósitos de año nuevo suelen aparecer ahí. No como una reflexión larga, sino como una respuesta rápida a una presión difusa: empezar mejor, hacerlo distinto, no repetir. La fecha funciona como un borde simbólico. Antes y después. Lo curioso es que ese borde no aclara nada por sí mismo, pero invita a nombrar intenciones.
Decimos “este año sí” y lo decimos con una mezcla de esperanza y cansancio. Porque, si somos honestos, muchos de esos propósitos ya los hemos formulado antes. Cambian las palabras, no siempre el lugar desde el que nacen.
El propósito como gesto, no como decisión
Un propósito no es todavía una decisión. Es más bien un gesto inicial: una forma de señalar algo que pide atención. El problema aparece cuando tratamos ese gesto como si fuera suficiente, o cuando lo cargamos con expectativas que no puede sostener.
“Voy a cambiar de trabajo”, “voy a cuidarme más”, “voy a organizar mejor mi vida”. Frases claras, incluso razonables. Pero a menudo formuladas sin detenernos en una pregunta previa: ¿qué está pasando ahora que hace que esto aparezca como necesario?
Sin esa pregunta, el propósito queda flotando. Se convierte en una consigna que empuja desde fuera, no en una orientación que ordena desde dentro. Y entonces, con el paso de las semanas, se diluye o se transforma en una fuente más de autoexigencia.
No es falta de disciplina. Es falta de comprensión.
Entre el deseo y la huida
Muchos propósitos se parecen más a una huida que a un deseo. No porque no sean legítimos, sino porque están formulados contra algo: contra el cansancio, contra una sensación de estancamiento, contra una versión de uno mismo que ya no convence.
Eso explica por qué suelen ser tan genéricos. Nombrar con precisión exigiría mirar de frente lo que incomoda, y eso no siempre es fácil ni inmediato. Resulta más sencillo proyectarse hacia adelante que detenerse a entender el presente.
Pero cuando el propósito nace solo como reacción, pierde fuerza rápidamente. No porque sea débil, sino porque no está anclado en una lectura clara de la propia situación. Cambiar sin saber bien qué se está sosteniendo suele ser más agotador que quedarse donde uno está.
El tiempo no empieza de cero
El cambio de año sugiere una idea engañosa: que algo puede empezar limpio, sin arrastre. Como si el pasado quedara clausurado por una fecha. En la práctica, no funciona así. Llegamos a enero con los mismos vínculos, los mismos cuerpos, las mismas preguntas no resueltas.
Esto no invalida el deseo de cambio, pero sí invita a ubicarlo mejor. No se trata de inaugurar una vida nueva, sino de continuar una historia con más conciencia. El propósito, entonces, no es romper con lo anterior, sino revisar la relación que tenemos con ello.
A veces el verdadero movimiento no consiste en añadir algo —un hábito, un objetivo, una meta— sino en dejar de sostener una tensión que ya no tiene sentido. Eso rara vez aparece formulado como propósito, pero suele ser lo que más transforma.
De la lista a la orientación
Las listas de propósitos tienen algo tranquilizador. Ordenan, simplifican, dan sensación de control. Pero la vida no se mueve por listas, sino por orientaciones más profundas, menos explícitas.
Una orientación no dice exactamente qué hacer mañana. Dice hacia dónde no quieres seguir empujando. Dice qué tipo de relación contigo mismo ya no estás dispuesto a mantener. Es menos visible, pero más estable.
Pensar los propósitos desde ahí cambia la pregunta. No “¿qué quiero lograr este año?”, sino “¿qué pide ser revisado para que mi manera de vivir tenga más coherencia?”. No es una pregunta rápida. Tampoco tiene una única respuesta.
Cuando no formular un propósito es un avance
Hay años en los que no formular grandes propósitos es una forma de honestidad. Años en los que la tarea no es proyectar, sino entender. Años en los que la prioridad es sostener, ordenar o simplemente no forzar decisiones que todavía no están maduras.
Esto suele vivirse como una falta, pero puede ser un signo de mayor respeto por los propios tiempos. No todo cambio se anuncia con claridad. Algunos se gestan en silencio, sin titulares internos.
Aceptar eso requiere renunciar a cierta épica del inicio. Y, a cambio, ganar una relación más sobria con el proceso.
Una pregunta que queda abierta
Tal vez el sentido de los propósitos de año nuevo no esté en cumplirlos, sino en usarlos como indicios. Como señales imperfectas de algo que busca ser pensado con más profundidad.
La cuestión no es si este año habrá cambios, sino desde dónde se intentan. Y eso no se decide el 1 de enero, sino en la calidad de la atención que uno está dispuesto a sostener sobre su propia vida.
¿Qué pasaría si, antes de formular un propósito, te permitieras comprender mejor la pregunta de la que nace?
Para seguir pensando
Si este texto ha abierto alguna resonancia o incomodidad reconocible, puede ser un buen punto de partida para una conversación más pausada. A veces pensar acompañado no acelera las respuestas, pero sí les da un lugar más preciso.
Mikel Zappala
Coach Ejecutivo y Transpersonal
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