Volver a decidir lo que ya estabas haciendo

Casi todo el mundo está viviendo una vida diseñada por alguien que ya no existe.

No es una figura retórica. Las decisiones que sostienen una vida adulta —esta ciudad, este trabajo, esta casa, esta manera de organizar los días— se tomaron en un momento concreto, con la información de entonces, bajo restricciones que probablemente ya no rigen, y por alguien que tenía otras prioridades y a quien hoy no consultarías para casi nada.

Nadie las ha revisado desde entonces. Se han heredado.

Y una vida heredada de uno mismo se comporta de manera distinta a una vida elegida, aunque consistan en hacer exactamente lo mismo mañana por la mañana.

El problema no es que las decisiones antiguas sean malas. Muchas eran excelentes y siguen siéndolo.

El problema es lo que le pasa a cualquier cosa que se sostiene por inercia el tiempo suficiente: deja de sentirse como propia. Y en cuanto deja de sentirse como propia, empieza a sentirse como impuesta.

Uno acaba tratando su propia vida como una circunstancia que le ha tocado. Sin recordar que la montó él.

Existe una industria dedicada a cambiar de vida y otra, más discreta, dedicada a aceptarla. Las dos venden bien porque las dos ofrecen un desenlace.

Lo que no tiene nombre ni mercado es el movimiento intermedio: mirar algo que no vas a modificar y volver a elegirlo, deliberadamente, sabiendo lo que sabes hoy.

La razón de que no lo tenga es comercial. No se ve, no se cuenta en una comida, y nadie te admira por haber decidido seguir haciendo lo mismo. Es difícil construir un negocio sobre un movimiento que no produce ninguna anécdota.

Y es, con diferencia, el que más falta hace. Casi ninguna vida bien construida necesita desmontarse. Necesita reasumirse.

Ahora bien, esto se convierte en un consuelo barato en cuanto se hace mal. Y hay una sola condición que lo impide.

Una redecisión solo cuenta si puede salir que no.

Si la pregunta se formula con la respuesta ya dentro, no estás decidiendo: estás ratificando un acuerdo que nunca estuvo en cuestión. Produce alivio durante dos días y deja las cosas exactamente donde estaban, porque no hubo riesgo y por tanto no hubo elección.

La prueba, entonces, es simple y bastante desagradable. Si al preguntarte si seguirías haciendo esto no aparece en ningún momento la posibilidad real de dejar de hacerlo, la pregunta está mal hecha.

Casi siempre saldrá que sí. Esa es la parte que nadie se cree de antemano. Pero saldrá que sí después de haber contemplado el no, y esa diferencia es la que convierte una costumbre en una elección.

Lo que cambia después no es la conducta. Es la propiedad.

Una obligación asumida pesa menos que una obligación heredada, aunque el trabajo sea idéntico. No porque haya disminuido, sino porque desaparece la fricción de estar cumpliendo algo que no recuerdas haber firmado.

Y desaparece la queja, que es lo más llamativo, porque la queja necesita un autor externo. Cuando el autor vuelves a ser tú, no queda a quién reprochárselo.

Hay algo más, menos evidente y probablemente lo más útil de todo.

Al revisar un acuerdo antiguo casi nunca sale un sí limpio. Sale un sí con condiciones: seguiría haciendo esto, pero no de esta manera, no en este volumen, no con esta gente, no todos los días.

Esas condiciones son la información. Es lo único que aparece cuando algo se examina en lugar de arrastrarse.

Y es exactamente lo que el cambio radical se lleva por delante. Quien lo desmonta todo nunca llega a ese material, porque para él la respuesta ya era no antes de mirar.

El ajuste fino solo está disponible para quien se toma en serio la posibilidad de quedarse.

Esto funciona mejor sin crisis. En una crisis la respuesta viene contaminada por la urgencia, y lo que sale no es una elección: es una salida.

Y funciona solo sobre cosas concretas. Sobre la vida entera no se decide nada; es demasiado grande para caber en una pregunta. Sobre la reunión que se repite cada semana desde hace seis años, sí.

La pregunta tampoco es si esto te compensa. Eso es contabilidad y se puede hacer sin comprometerse con nada.

Es si volverías a firmarlo hoy. Sabiendo lo que ahora sabes y con la opción de no hacerlo encima de la mesa.

Mikel Zappala

Coach Ejecutivo y Transpersonal

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